
Las montañas otoñales
recogen la última luz.
Se ha volado la bandada
siguiendo al primer pájaro.
De un tiempo a otro brillan
rayos esmeralda.
No tiene donde quedarse
la neblina vespertina.


Los años juveniles me han dejado de una pieza,
y me han menguado los años maduros;
¡qué pensamientos tristes y solitarios me invaden
mientras visito de nuevo este lugar desierto y frío!
En medio del jardín me detengo, solo, largamente.
El sol está descolorido, gélidos el viento y el rocío.
La lechuga otoñal se retuerce y convierte en simiente.
Los árboles están cargados y marchitos.
Solo han quedado las flores del crisantemo,
que brotan aquí y allá bajo los setos abandonados.
Quisiera llenar un vaso con el vino que he traído.
Pero la vista de los crisantemos me detiene la mano.
En mis años jóvenes, recuerdo,
rápidamente pasaba de la tristeza a la alegría;
pero ahora, que la vejez se presenta,
los instantes de alegría son más raros.
Siempre me asusta pensar que cuando sea muy viejo
el vino más fuerte no bastará para consolarme.
¿Por qué os interrogo, tardíos crisantemos,
por qué florecéis solos en una estación tan triste?
Aunque sepa bien que no lo hacéis por mí,
quiero, a vuestra semejanza, lo poco que se pueda,
aplanar mi rostro.

Existe un doble del cuerpo fuera del cuerpo,
que no se parece a la evanescencia creada mediante
artes;
Esta energía mística circula alrededor,
vivaz, espíritu unificado con el Origen;
La rielante Luna se condensa en un fluido dorado,
el loto verde se transmuta en una realidad de jade;
Al cocer la médula de la liebre de jade,
la perla resplandecerá tanto que no volverás a pensar en la pobreza.




El curso de la naturaleza y del hombre
no es de mi incumbencia.
No desdeño la fe
en la inmortalidad,
ni a los sacerdotes taoístas
que buscan ese objetivo;
pero, si me preguntaran
cuál es la mejor manera
de cultivar el Tao,
diría: “Desarrolla la mente
y cuida bien el cuerpo”.
Paseando por las cumbres,
abierta la mirada peregrina,
el universo parece inmenso,
sus habitantes, sin número.
Pero, ¡ay!, son sólo unos pocos
los que consiguen el auténtico objetivo.
Para los que saben el secreto,
“no existe una sola cosa”.
Aprenden a abandonarlo todo
y a practicar la sencilla quietud.
Cerrando sus puertas al amanecer,
leen hasta la caída de la tarde,
barren el suelo y encienden
un pedazo de fragante incienso.
Todo el día luchan con
seis ladrones llamados sentidos
hasta que comprenden que figuras y formas
son totalmente vacías,
luego despiertan a la verdad
de que “no existe una sola cosa”,
de que el “espejo mágico”
existe sólo en la mente.
Cuando se corta la reacción de los sentidos,
sigue la autotransformación.
Entonces se muestra la quietud
y se comprende que la forma es el vacío.
“El Buda es tu mente;
tu mente es el Buda”,
las montañas verdes son nubes blancas
en incesante transformación.
Desecha tu jade y tu oro;
es mejor que olvides tal escoria.
La flor de primavera y la escarcha del otoño
merecen más atención.
A los discípulos les gusta jactarse
de inmensa longevidad,
¡pero diez mil años de vida
pasan como un relámpago!
Cuando las flautas no paran de sonar
ante la torre de la grulla amarilla
y, todas a una, las flores veraniegas
engalanan la orilla del lago,
¿puede uno abandonar la tristeza
y extinguir el deseo?
¿Quién sino la brisa del verano
o la luna radiante lo podrá decir?

Aunque encerrado durante años
en este mundo de polvo,
no me esfuerzo ni me preocupo;
lo dejo todo al plan de la naturaleza.
La vida acontece
porque nuestros padres decidieron unirse
y el resto de ella sigue luego
el curso natural de las cosas.
Nuestra forma humana esconde
una joya preciosa dentro;
los elementos del hombre, aunque bastos,
encarnan un espíritu puro.
Cuando los campos de moras (1) se transforman
en Ser que existe por sí mismo,
entonces el mundano se convierte
en sabio que trasciende el mundo.
Es ridículo que la gente pregunte
dónde puede estar mi casa.
Con mi bastón mágico coronado por una nube
Yo quito del cielo (2)
las nubes mañaneras.
La “luz interior” que el meditante
contempla brillando de entre los ojos
no es palabra vana;(3)
pero no sería bueno jactarse
de que ha brotado mi “flor dorada”. (4)
Un cayado de tres pies
es mi aparejo en el mundo.
Un jarro de vino doncel
satisface mi indigencia.
Vuelo montado en un dragón
a las Islas de los Bienaventurados.
En aquel reino maravilloso,
cuando la noche se desvanece,
¡puede verse a los inmortales
jugando con aros alrededor de la luna!

Llegué a este valle solitario
buscando sentimientos de otro mundo.
Desde lejos, el paso de piedra labrada
apunta adonde se allegan algunas nubes blancas.
Resuena de vez en cuando por el bosque
el hacha del leñador.
Este monje en la abertura del valle
es un amigo cuyo nombre se me escapa.
Por el estanque navega una joven luna,
cruzando el reflejo del cielo.
Arriba, un camino nebuloso de estrellas
se levanta hasta la suavidad del cielo.
¿Quién sino un taoísta residiría
tan por encima de la hierba silvestre?
Se oye de la cumbre con rayos de luna
el dulce tañido de la campana de piedra.

Arriba, perdida entre colinas
se yergue la ciudad mágica
inclinada sobre el vacío; sus torres
invaden el reino de los dioses.
Más allá, navega la luna brillante
por el cielo de otoño despejado;
pero abajo queda el mundo, oscuro
por la lluvia fina como niebla de primavera.
Un dragón del cielo se abalanza hacia abajo;
las nubes se levantan para formar su tronco.
Como el tigre vuelve a su risco,
el viento pasa raudo por entre los árboles.
Quiero a este monje que habita en el monte,
tan fiel a sus tareas;
en el rito del anochecer, las lámparas prestan calor
a su canto solitario.

Lánguidamente, en brazos de la brisa
Llegan los aromas de casia y pino.
El frío esplendor de laguna
Baña el pórtico del templo.
En la falda de la quietud,
Sentado está el ermitaño
Que a mundos lejanos vuela.
Para él, todo sonido es silencio
Y no hay nada más en absoluto…
Sólo un frescor que todo lo penetra.


A lo largo del camino
cubierto de musgo,
En dirección a tu choza,
descubro las huellas
de tus pasos.
Blancas nubes yacen ocultas
sobre tu silenciosa isla;
Fragantes hierbas crecen
hasta la altura
de tu inútil puerta.
Un chubasco pasajero
revela el color
de los pinos.
Vagando por los cerros
hallé el nacimiento
de un arroyo.
Arroyo, flores, meditación:
todo es uno y no sienten
la necesidad de hablar.

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